La luz de la mañana se colaba entre las cortinas de la habitación, dibujando sombras suaves sobre las sábanas blancas. Había un silencio distinto, uno que ya no pesaba, que no dolía, que no estaba hecho de incertidumbre… sino de calma. Afuera, el viento rozaba las hojas con suavidad, como si no quisiera perturbar la quietud sagrada de ese instante.
Eliana seguía sentada junto a la cama, donde había permanecido toda la noche, incluso después de saber que María José ya había abierto los ojos hora