La habitación blanca de la clínica estaba envuelta en un silencio espeso, interrumpido solo por el leve zumbido de los aparatos médicos y la respiración suave de María José, que aún no despertaba del todo. Isaac, sentado a su lado, no le quitaba los ojos de encima. Sus manos grandes y cálidas sostenían las de ella con una delicadeza que contrastaba con su apariencia fuerte. En su pecho, el miedo latía con fuerza; temía que ella no abriera los ojos, que no le sonriera otra vez, que no le dijera