El sol del miércoles se filtraba con suavidad entre las cortinas de lino en casa de Eliana. La cocina olía a vainilla y a pan recién tostado. Samuel estaba sentado en la mesa con una servilleta atada como capa y una sonrisa que le iluminaba toda la cara.
—¡Mi mamá y mi papá me llevaron al colegio juntos! —les había dicho con orgullo a todos sus compañeros esa mañana.
Y aunque nadie lo había interrogado al respecto, su voz estaba cargada de esa felicidad pura que solo los niños pueden expresar c