El cielo había comenzado a oscurecer antes de lo habitual. Un viento tibio agitaba suavemente las copas de los árboles, y la tarde se deslizaba lenta, casi somnolienta, como si todo en el universo anunciara un cambio.
En casa de José Manuel, Samuel corría por el pasillo con su pijama de dinosaurios, riendo mientras trataba de evadir a su padre que lo perseguía con un vaso de leche.
—¡Samuel, detente! Tienes que tomarte esto —dijo José Manuel entre risas.
—¡Solo si me alcanzas! —gritó el niño, c