El cielo ya se pintaba de tonos dorados y azul profundo cuando José Manuel miró el reloj por quinta vez. El sol comenzaba a esconderse tras las copas de los árboles del jardín de Eliana, y la brisa suave del atardecer se colaba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el olor a pasto húmedo y galletas recién horneadas.
Samuel estaba tirado boca abajo sobre la alfombra de la sala, coloreando un dragón verde con alas rojas. A su lado, Eliana doblaba una manta con cuidado, mientras José Manuel