Eliana mantenía los ojos cerrados, aún apoyando su rostro suavemente contra la palma de José Manuel. Había algo en ese contacto que no quería soltar. Algo que la hacía sentir protegida, pero al mismo tiempo vulnerable. Como si, por un segundo, pudiera quitarse toda la armadura sin que doliera.
Y José Manuel… él la miraba.
No como quien observa, sino como quien memoriza.
La línea de su mandíbula, la curva suave de su cuello, la forma en que su respiración se aceleraba apenas cuando él la tocaba.