Eliana seguía sentada en el sofá, con las piernas recogidas y una manta delgada sobre las rodillas. La película seguía en pausa, el dragón aún suspendido en pleno vuelo, detenido entre el peligro y el heroísmo. Pero más que la historia animada, lo que se agitaba en el aire era la sensación de lo que acababa de pasar: José Manuel cargando a Samuel, el susurro suave pidiendo que no viera el final sola, y ese tono… ese tono que solo usaba cuando aún creía que ella lo escuchaba con el corazón.
Apen