Eliana aún tenía los ojos cerrados cuando sintió los brazos de José Manuel rodearla con suavidad. No fue un abrazo impulsivo, ni desesperado. Fue lento, como si él también temiera romper el momento si se movía demasiado rápido. Su cuerpo se adaptó al de ella, tibio, firme, conocido.
Eliana apoyó la mejilla contra su pecho. Sintió su respiración acompasada, su corazón latiendo fuerte y claro, y esa sensación de seguridad que tanto había extrañado. La habitación entera parecía haberse llenado de