La noche se extendía como una sábana tibia sobre la mansión, y el silencio comenzaba a envolver cada rincón. Sin embargo, en una habitación del segundo piso, lejos de entregarse al sueño, un pequeño corazón latía con fuerza, impaciente, emocionado… y decidido.
Samuel, acostado en su cama con una linterna bajo las cobijas, no podía dejar de pensar en la misión. Había repetido mentalmente cada palabra de su papá, como si fueran instrucciones sagradas escritas en un mapa de tesoro invisible.
—“Har