El amanecer llegó sin permiso, filtrando sus primeros rayos de sol por las persianas entreabiertas. Eliana llevaba horas despierta. Había pasado gran parte de la noche sentada al borde de la cama, mirando fijamente al suelo, con los pies descalzos y los pensamientos alborotados.
La casa estaba silenciosa, como si respetara su duelo interno. Ese silencio se había vuelto demasiado familiar desde que Samuel y José Manuel se marcharon. Ya no estaban los pasos torpes del niño en la mañana, ni el aro