Lo que no sabía María José era que esa misma mañana, en otro rincón de la ciudad, alguien más se enteraba de la existencia de su prueba… y no precisamente por accidente.
El celular de Samantha vibró sobre su mesa de noche. Aún era temprano y la habitación permanecía en penumbra, con las cortinas pesadas filtrando apenas una hebra de luz. Medio dormida, estiró la mano, sin ánimo de atender. Pero al ver el número —uno que reconocía bien— su pulso se aceleró.
Respondió de inmediato.
—¿Qué pasó? —m