El reloj marcaba las 6:47 de la tarde, pero para María José, el tiempo no tenía sentido. Los minutos se amontonaban uno tras otro, formando una especie de pared invisible que le impedía respirar con normalidad. Habían pasado dos días desde que dejó la muestra de ADN en el laboratorio, y aunque sabía que el resultado no podía llegar tan pronto… su alma no encontraba paz.
Afuera, el cielo estaba cubierto de tonos dorados y lavanda, el tipo de atardecer que suele calmar incluso a las almas más agi