José Manuel observó a su hijo desaparecer en el pasillo, mientras Samantha se quedó de pie, paralizada por la incredulidad.
—¿Así de fácil? —su voz estaba cargada de resentimiento—. ¿Vas a permitir que ella venga y me humille delante de todos?
José Manuel exhaló con paciencia, cansado de la misma conversación una y otra vez.
—No se trata de ti, Samantha. Samuel quiere que Eliana esté ahí, y no veo razón para negárselo.
—¡Claro que hay razón! —exclamó, dando un paso hacia él—. ¡Esa mujer te dest