Eliana cerró la puerta de su habitación con suavidad. No quería que Gabriel escuchara nada. No quería que Samuel viera en sus ojos el abismo que ahora habitaba en ella. Se apoyó en la madera, respirando hondo, como si necesitara llenarse de valor antes de desmoronarse por completo.
Todo había vuelto.
Como una marea feroz, los recuerdos habían regresado sin pedir permiso. La universidad, las tardes diseñando junto a José Manuel, el brillo en sus ojos cuando hablaban de sus sueños, la pasión por