El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte cuando Eliana y Samuel caminaron de regreso a casa. El aire tenía un aroma fresco, y la brisa revolvía suavemente el cabello del niño, que iba en silencio, pateando suavemente unas piedritas en el camino.
Eliana notó su actitud más callada de lo normal. Desde que salieron de la heladería, su alegría se había ido apagando poco a poco, como si algo estuviera dándole vueltas en la cabeza.
—¿Samuel, todo bien? —preguntó con suavidad.
El niño tardó en res