El silencio en la mansión era casi insoportable. José Manuel entró con el ceño fruncido y la mente dando vueltas sin descanso. Samantha caminó detrás de él, aún fingiendo estar afectada por la mentira de Rodrigo.
—José… —llamó con voz suave, deteniéndose en la entrada del vestíbulo—. ¿Estás bien?
José Manuel se pasó una mano por el rostro, tratando de ordenar sus pensamientos.
—No lo sé, Samantha… No lo sé.
Ella se acercó con cautela, como si temiera su reacción.
—Tal vez lo mejor es que descan