José Manuel observó desde su auto, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, cómo Eliana se despedía de Alejandro con una sonrisa cordial. Era tarde, y la escena frente a él lo carcomía por dentro.
Eliana y Alejandro acababan de salir de un restaurante, donde habían tenido una reunión con unos proveedores. Ella extendió la mano hacia él en un gesto profesional, y Alejandro, con su actitud habitual, tomó su mano con un poco más de familiaridad de la que a José Manuel le habría gustado.
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