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Cap 4: El hombre que no apartó la mirada

A la mañana siguiente, levanté tarde, no había descanasado así en mucho tiempo. ese día solo quería quedarme a dormir y disfrutar la paz que llegaba a sentir en mi interior y el silencio que me hacía sentir segura y libre, de verdad descansé, dormí todo el día, toda la tarde, sin preocuparme de trabajo, familia, amigos, novio. Solo quería recargar mis energías. 

Abrí mis ojos y me di cuenta que el mar siempre se ve distinto de noche.

Desde el balcón de mi habitación, el Mediterráneo ya no era dorado ni rosado. Era oscuro. Profundo. Misterioso.

Como si escondiera secretos bajo su superficie.

Me puse un vestido sencillo negro que había empacado casi sin pensar. No era llamativo. No era provocador.

Pero cuando me miré al espejo, algo había cambiado.

No era la ropa.

Era la postura.

Bajé al bar del hotel porque no quería quedarme encerrada con mis pensamientos.

El lugar estaba iluminado con luces tenues, lámparas ámbar suspendidas sobre mesas de madera pulida. Sonaba jazz suave. El murmullo elegante de conversaciones llenaba el ambiente.

Pedí una copa de vino.

—¿Primera vez aquí?

La voz llegó desde mi izquierda.

Grave. Serena. Demasiado segura.

Giré ligeramente el rostro.

Y lo vi.

Traje oscuro perfectamente ajustado. Camisa blanca abierta en el cuello sin corbata. Reloj que no gritaba lujo… lo susurraba de forma elegante. Cabello oscuro, mandíbula marcada, mirada fija.

Pero no era solo atractivo.

Era la manera en que me observaba.

No con hambre.

No con descaro.

Si no como una evaluación.

Como si estuviera leyendo algo en mí.

—Eso depende —respondí con calma—. ¿Siempre interrogas a desconocidas?

Una leve sonrisa curvó su boca.

—Solo a las que parecen estar decidiendo algo importante.

Mi pulso se aceleró.

—¿Y qué parece que estoy decidiendo? —pregunté, sosteniendo su mirada.

Se inclinó apenas hacia mí, apoyando el antebrazo en la barra.

—Si vas a seguir huyendo… o si vas a empezar a vivir.

El aire se volvió más denso.

Nadie sabía que estaba huyendo.

Nadie.

—No te conozco —dije con frialdad medida.

—Eso puede cambiar.

No extendió la mano. No dijo su nombre. No hizo nada típico.

Simplemente mantuvo la mirada.

Y yo, en lugar de apartarla… la sostuve.

Un grupo de hombres al fondo del bar comenzó a reír demasiado fuerte. Uno de ellos miró en mi dirección con descaro evidente. Sentí ese viejo reflejo de incomodidad recorrer mi espalda.

Pero antes de que pudiera reaccionar, el hombre a mi lado cambió apenas su postura.

No fue agresivo.

Fue territorial.

Una presencia firme.

El tipo del fondo desvió la mirada.

Sin palabras.

Sin espectáculo.

Mi respiración se volvió más lenta.

—No necesito que nadie me defienda —dije, aunque mi voz salió más suave.

—No lo hice —respondió—. Solo ajusté el entorno.

Esa frase se quedó suspendida entre nosotros.

Ajustar el entorno.

Era el tipo de hombre que no reaccionaba.

Controlaba.

El bartender dejó su copa frente a él.

Whisky. Sin hielo.

—¿Siempre miras así? —pregunté antes de poder detenerme.

—¿Así cómo?

—Como si ya supieras lo que la otra persona va a hacer.

Sus ojos descendieron un segundo hacia mis labios.

—No siempre lo sé —dijo—. Pero contigo… tengo curiosidad.

Un silencio cargado se instaló.

Mi mente gritaba prudencia.

Mi cuerpo no.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Siempre vienes sola a hoteles de lujo?

La pregunta era directa, pero no invasiva.

Lo miré de frente.

—Estoy aprendiendo.

Algo en su expresión cambió. Un leve destello de interés real.

—Eso me gusta más.

No preguntó por novio.

No preguntó de dónde venía.

No intentó tocarme.

Y precisamente por eso era más peligroso.

—¿Bailas? —preguntó de repente.

—No hay pista.

—No la necesitamos.

El jazz seguía sonando. Suave. Íntimo.

No sé en qué momento acepté.

Solo sé que segundos después estaba de pie frente a él, y su mano descansaba en mi cintura con una firmeza que no pedía permiso… pero tampoco imponía.

Era consciente.

Cada centímetro de contacto era deliberado.

Mi respiración se alteró cuando su otra mano tomó la mía.

No me apretó.

Me sostuvo.

—Estás tensa —murmuró cerca de mi oído.

—No estoy acostumbrada a desconocidos tan seguros.

Su leve risa vibró contra mi piel.

—No soy un desconocido.

—Todavía lo eres.

Giró ligeramente, guiando el movimiento.

—Entonces deja de pensar en mí como uno.

El mundo alrededor empezó a desdibujarse.

Las luces. Las voces. El sonido del hielo en los vasos.

Solo existía su cercanía.

Su aroma —amaderado, limpio, sofisticado— me envolvía.

No era como Brandon.

No había caos en él.

Había firmeza, serenida, calma y guia. 

Y eso, para alguien acostumbrada al desorden emocional, era desconcertante.

Su mano descendió apenas por mi espalda.

No invasiva.

Pero sí consciente de cada reacción mía.

—Tu corazón va muy rápido —susurró.

—El tuyo también.

Sonrió.

—No por las mismas razones.

Me separé un poco.

Necesitaba aire.

Necesitaba recordar quién era.

—No busco nada —dije con claridad.

Su mirada se oscureció apenas.

—Nadie que dice eso está diciendo toda la verdad.

Mi pulso volvió a dispararse.

No era solo atracción.

Era como un desafío.

—¿Y tú qué buscas? —pregunté.

Por primera vez, sostuvo mi mirada sin juego.

—No persigo mujeres que no quieren ser perseguidas.

La frase cayó como una declaración silenciosa.

No era insistente.

Era elección.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo distinto al miedo.

Sentí deseo.

Puro.

El tipo del fondo volvió a mirarme, esta vez con molestia.

El hombre frente a mí lo notó.

Su expresión cambió.

Fría.

Controlada.

Autoritaria.

Y sin levantar la voz, dijo:

—Nos vamos.

No era orden.

Era decisión compartida.

Y lo más perturbador fue que no me sentí arrastrada.

Me sentí incluida.

Salimos al exterior del hotel. La brisa nocturna golpeó mi piel caliente.

La luna reflejada en el mar parecía un camino plateado.

Se detuvo frente a mí.

Ahora sí extendió la mano.

—León.

El nombre se deslizó en mi mente como algo que ya conocía.

—Lana.

Pronunció mi nombre lentamente.

Como si lo estuviera probando.

—Lana… —repitió.

Y en la forma en que lo dijo, hubo algo que me recorrió entera.

No sabía nada de él.

Ni su historia.

Ni sus sombras.

Pero sabía algo con absoluta certeza:

Ese hombre no era casualidad.

Y yo estaba peligrosamente dispuesta a averiguar por qué.

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