Cap 3: Frente al mar

El autobús se detuvo en una pequeña ciudad costera al caer la tarde.

El nombre apareció en un letrero azul desgastado por el sol, pero yo apenas lo registré. Lo único que noté fue el mar.

El Mediterráneo se extendía frente a mí como una sábana de cristal líquido, reflejando tonos dorados y rosados del atardecer. Era tan hermoso que dolía.

Bajé con mi maleta y respiré profundo.

El aire tenía sal, perfume de limones y libertad.

Pero mi teléfono vibró.

Otra vez.

No necesitaba mirarlo para saber quién era.

El miedo regresó como una sombra puntual.

Entré a la primera tienda de tecnología que encontré en la avenida principal. Era pequeña, moderna, con paredes blancas y vitrinas minimalistas.

—Buonasera —saludó el joven detrás del mostrador.

—Necesito un teléfono nuevo. Con línea nueva. Hoy.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía.

Mientras el vendedor configuraba el dispositivo, pensé en todo lo que estaba dejando atrás. Fotos. Mensajes. Historial. Recuerdos.

Quizá no era tan mala idea borrar todo.

Cuando sostuvo el teléfono frente a mí y dijo: “Listo”, sentí algo simbólico en ese gesto.

Número nuevo.

Contacto nuevo.

Vida nueva.

Salí de la tienda y, por impulso, apagué el viejo teléfono antes de guardarlo en el fondo de mi bolso. No lo rompería. No todavía. Pero ya no gobernaría mi ansiedad.

Caminé por la avenida bordeada de palmeras hasta que lo vi.

El hotel.

Era imponente. Fachada blanca impecable, balcones amplios con barandas de cristal, luces cálidas encendiéndose al caer la noche. En la entrada, un automóvil deportivo oscuro contrastaba con la elegancia sobria del edificio.

No era el tipo de lugar donde alguien como yo solía hospedarse.

Tal vez por eso entré.

Las puertas automáticas se abrieron en silencio y me envolvió un aroma sutil a madera fina y perfume caro. El lobby tenía pisos de mármol claro, lámparas colgantes como gotas de oro suspendidas en el aire y un piano negro de cola al fondo.

Una mujer impecablemente vestida sonrió desde recepción.

—Bienvenida.

Por un segundo dudé.

Podía ir a un hostal sencillo. A un lugar discreto. A un sitio donde nadie me mirara.

Pero estaba cansada de elegir lo mínimo.

—¿Tienen habitaciones disponibles para esta noche?

Mientras revisaba el sistema, observé mi reflejo en una columna de espejo.

Seguía siendo yo.

Pero había algo diferente.

No era el vestido. No era el maquillaje inexistente. Era la decisión de estar allí.

—Tenemos una habitación con vista al mar.

Asentí.

Si iba a huir, lo haría mirando el horizonte.

El ascensor subió en silencio. Mis manos sudaban ligeramente por la sensación de estar cruzando una línea invisible haciendo que el miedo desapareciera de mi interior.

La habitación superó cualquier expectativa.

Ventanas de piso a techo abiertas hacia un balcón privado. Cortinas de lino moviéndose con la brisa. Una cama enorme cubierta con sábanas blancas impecables. Una botella de vino sobre una mesa baja junto a dos copas.

Dos.

La palabra quedó suspendida en mi mente.

Sacudí la idea.

Salí al balcón.

El mar estaba justo allí. Inmenso. Indiferente. Hermoso.

Apoyé las manos en la baranda de cristal y cerré los ojos.

Por primera vez en años, nadie gritaba mi nombre.

Nadie me acusaba.

Nadie me vigilaba.

El silencio era casi desconocido.

Pero la paz no llega de inmediato cuando has vivido en guerra.

Mi cuerpo seguía alerta.

Mi mente repetía escenas.

Brandon rompiendo cosas.

Brandon llorando.

Brandon prometiendo cambiar.

Brandon diciendo que sin mí se moriría.

Abrí los ojos.

El Mediterráneo seguía allí.

No todo giraba alrededor de él.

Entré nuevamente a la habitación y caminé hacia el baño. Mármol blanco. Espejos amplios. Luces cálidas favoreciendo cada ángulo.

Me miré fijamente.

—Ya no estás allí —susurré a mi reflejo.

No sonó convincente.

Pero era un comienzo.

Tomé una ducha larga. Dejé que el agua caliente recorriera mi espalda, como si pudiera borrar las manos que la habían sujetado con violencia meses atrás.

No lloré.

Ya había llorado demasiado.

Cuando salí, me puse una bata del hotel y descorché la botella de vino. El sonido del corcho saliendo fue suave, elegante.

Nada que ver con el ruido del vidrio rompiéndose en mi antigua vida.

Me senté en el borde de la cama con la copa en la mano.

Era extraño.

El lujo no me pertenecía, pero tampoco me rechazaba.

Por primera vez entendí algo: no era pequeña. Solo había estado encogida.

Mi nuevo teléfono vibró.

Número desconocido.

El corazón se me detuvo un segundo.

Lo dejé sonar.

Volvió a vibrar.

Esta vez respiré profundo antes de mirar la pantalla.

No era Brandon.

Era una notificación de bienvenida de la compañía telefónica.

Exhalé lentamente.

No podía vivir saltando ante cada sonido.

Caminé nuevamente al balcón. Abajo, la piscina del hotel brillaba bajo luces suaves. Parejas conversaban. Risas lejanas flotaban en el aire.

Gente viviendo sin miedo.

Me pregunté cómo se sentiría eso.

El cielo se tornaba azul oscuro cuando apoyé los codos en la baranda.

Quizá este viaje no era solo huir de mi vida.

Quizá era reconstrucción.

No sabía cuánto tiempo me quedaría en esa ciudad.

No sabía cuánto tardaría Brandon en intentar encontrarme.

Pero algo dentro de mí empezaba a cambiar.

Era cansancio transformándose en decisión, llenandome de valentía. 

El mar no promete nada.

Pero invita.

Y mientras la brisa movía mi cabello, entendí que esta parada no era casualidad.

Era el primer lugar donde elegía quedarme… porque yo quería.

No porque alguien me obligara.

Esa noche dormí con las ventanas abiertas.

Y aunque desperté varias veces, sobresaltada por recuerdos, hubo un instante —breve pero real— en el que me sentí segura.

No sabía que en ese mismo hotel, en otra habitación con vista al mismo mar, alguien más observaba el horizonte con pensamientos igual de intensos.

Pero esa historia aún estaba a punto de comenzar.

Por ahora, solo existía el sonido del Mediterráneo.

Y una mujer aprendiendo a respirar otra vez.

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