Cap 5: No huyas de mí

El mar estaba en silencio.

O quizá era mi respiración la que hacía demasiado ruido.

León no soltó mi mano cuando salimos del hotel. Caminamos por un sendero privado que descendía hacia una pequeña playa iluminada solo por la luna y algunas luces suaves incrustadas en el suelo.

—No suelo caminar con desconocidos —dije, aunque no intenté soltarme.

—No sueles hacer muchas cosas —respondió con calma—. Solo que aún no lo sabes.

Su tono no era arrogante.

Pero demarcaba mucha seguridad.

Y esa seguridad me desarmaba.

La arena estaba fría bajo mis pies cuando me quité los zapatos. El sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla parecía acompasar mis pensamientos.

Me detuve a unos pasos del agua.

Él se colocó detrás de mí.

No me tocó.

Pero sentí su presencia como si su cuerpo estuviera pegado al mío.

—Estás acostumbrada a hombres que gritan para sentirse grandes —dijo cerca de mi oído—. Yo no necesito hacerlo.

Mi pulso se disparó.

No sabía cómo lo sabía.

Pero lo sabía.

—No me conoces —susurré.

—Te observo.

Sus dedos rozaron lentamente mi brazo desnudo.

Fue apenas un contacto.

Pero mi piel reaccionó como si hubiera sido fuego.

—No estás huyendo de un lugar —continuó—. Estás huyendo de una versión de ti misma que ya no soportas.

Tragué saliva.

Porque tenía razón.

Y odiaba que la tuviera.

Me giré para enfrentarlo.

La luna delineaba sus facciones con sombras marcadas. Sus ojos no eran suaves. Eran intensos. Calculadores y con una oscuridad muy intrigante pero poco amenazadora.

—No me analices —dije, intentando recuperar terreno.

Su mano subió lentamente a mi cintura.

No apresurada.

No temblorosa.

Segura.

—No te estoy analizando —murmuró—. Te estoy entendiendo.

El espacio entre nosotros desapareció.

Su mano en mi cintura se volvió más firme.

No dolorosa.

Dominante.

Mi respiración se volvió irregular.

Y lo más inquietante fue que no quería que se detuviera.

—Dime que me detenga —dijo en voz baja.

No lo hizo.

Me dio la opción.

Y esa opción fue lo que me hizo temblar.

Porque nadie me daba opciones antes.

Siempre era imposición o manipulación.

Esto era distinto.

Era poder… compartido.

—No… —susurré, casi sin voz.

Sus dedos se deslizaron por mi espalda lentamente, dejando un rastro eléctrico bajo mi vestido.

Mi mente gritaba advertencias.

Pero mi cuerpo estaba cansado de tener miedo.

Su otra mano sostuvo mi mentón con firmeza suave, obligándome a mirarlo.

—No quiero una mujer que me tema —dijo—. Quiero una que me elija.

Algo se rompió dentro de mí.

O quizá algo se reconstruyó.

Porque por primera vez, sentir esa fuerza masculina no me hacía pequeña.

Me hacía deseada.

Su boca descendió hacia la mía, pero se detuvo a milímetros.

Esperando.

Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo.

Yo di el último espacio.

Lo besé.

No fue dulce.

Fue profundo.

Intenso.

Un beso que no pedía permiso ni ofrecía disculpas.

Sus manos se movieron con decisión, recorriendo mi espalda, marcando territorio sin violencia.

Yo me aferré a su camisa, sintiendo la firmeza de su cuerpo bajo la tela.

Sentía calor.

Sentía control.

Sentía peligro del tipo que no destruye… sino que consume.

Cuando se separó apenas, su mirada era más oscura.

—Te gusta que alguien tome el control —murmuró contra mis labios.

Mi respiración tembló.

—Me gusta sentirme segura.

Sus ojos brillaron.

—Conmigo en estos momentos lo estarás.

La promesa no fue romántica.

Fue contundente.

Su mano descendió por mi muslo lentamente, levantando apenas la tela del vestido con una lentitud que me volvió loca.

No había brusquedad.

Había mucha sutileza y me encantaba. 

Mi espalda chocó contra una roca lisa y fría. Él se colocó entre mis piernas con firmeza controlada.

Sentí su fuerza.

Y, por primera vez, no sentí miedo.

Sentí deseo de rendirme.

No porque era débil. 

Sino porque quería.

Sus labios descendieron por mi cuello, marcando un camino ardiente mientras su mano sostenía mi cintura con posesión clara.

—No eres frágil —susurró—. Solo estabas mal sostenida.

Un gemido escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.

La luna nos cubría como cómplice.

El sonido del mar ocultaba mi respiración agitada.

Su boca regresó a la mía, más exigente esta vez.

Más profunda.

Mi cuerpo respondió sin dudas.

Era como si hubiera estado dormido durante años y alguien finalmente supiera cómo despertarlo.

Cuando sus dedos exploraron con más determinación, un estremecimiento me atravesó por completo.

—Mírame —ordenó suavemente.

Abrí los ojos.

Su mirada estaba fija en la mía mientras mi cuerpo reaccionaba a cada movimiento suyo.

No apartó la vista.

No fue solo físico.

Fue conexión cruda.

Y en ese instante entendí algo peligroso:

León no solo quería mi cuerpo.

Quería mi entrega.

Y yo… estaba dispuesta a dársela.

Y no por dependencia emocional. 

Sino porque por primera vez, someterme no se sentía como perder.

Se sentía como elegir.

Cuando finalmente me sostuvo contra su pecho, respirando ambos con dificultad, sus labios rozaron mi frente.

—Esto apenas comienza, Lana.

Y en su voz no había duda.

Había intención.

Mientras regresábamos lentamente hacia el hotel, su mano firme en mi espalda, una parte de mí sabía que acababa de cruzar otra línea invisible.

Ya no era solo la mujer que huía.

Era la mujer que deseaba.

Y León…

No era un salvador.

Era un hombre que podía convertirse en mi mayor adicción.

O en mi más grande transformación y la poca certeza que tenía si era para bien o mal, comenzó a rondar en mi cabeza sin generar descanso. No entendía que sucedía en ese momento, si era la costumbre de estar con alguién o si solo quería algo diferente. Los pensamientos no callaban mientras caminaba con un temor de no saber que ocurriría. Si la cura sería peor que la enfermedad. 

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP