Amanda nunca se había sentido tan incómoda como en ese instante.
No era una incomodidad simple, de las que se arreglan con una sonrisa educada y un sorbo de agua, sino una de esas que te aprietan el pecho y te hacen pensar, con una claridad humillante, que tal vez debiste quedarte en casa, en pijama, abrazando una manta y fingiendo que los Van Ness no existían.
Raquel Van Ness se había levantado de la mesa y se había ido sin decir una sola palabra, dejando la servilleta sobre el plato como si s