Por favor, no me sueltes.
Amanda recibió su primer sueldo un lunes por la mañana. Lo sostuvo entre sus dedos como si fuera un salvavidas, porque honestamente… lo era. Era quizá la única cosa que iluminaba un poco la pesadilla que vivía desde hacía dos semanas.
Los rumores no habían parado. Al contrario, se habían multiplicado como una enfermedad silenciosa que se alimentaba de miradas, susurros y risitas condescendientes. Habían sido lo suficientemente astutos como para fingir que el tema estaba “superado”, pero seguían