Había jugado con fuego, y ahora se estaba quemando.
Amanda tenía la respiración deshecha.
Sentía los latidos en la garganta, en las muñecas, en las sienes, como si el miedo le hubiera tomado el cuerpo entero y lo estuviera sacudiendo desde adentro.
Cada curva del auto le revolvía el estómago, y por un momento de debilidad real, creyó que iba a desmayarse ahí mismo.
Entonces escuchó esa asquerosa voz.
—Dios, Amanda, te dije que no intentaras n