Déjame ir.

La última luz del día había desaparecido de la ventana y eso solo podía significar que la noche ya había caído y Amanda seguía encerrada en aquella habitación, sentada sobre una colchoneta miserable, sin saber qué hacer ni cuánto tiempo más iba a resistir sin perder la cabeza.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Tenía las mejillas empapadas de lágrimas y la sensación humillante de haberse convertido en su peor versión.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

No dejaba de repetirse lo mismo, una y otra vez, como si mar
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