Eres mi ángel.
Amanda sintió ese nervio tonto, casi adolescente, que le subió del estómago al pecho.
Le pareció ridículo y, al mismo tiempo, necesario. Después de tanta oscuridad, ese tipo de emoción se sentía casi como un regalo.
Se despidió primero de Noah y luego de Amelia, que acababa de entrar a la cocina y la abrazó como si todavía no terminara de creer que la tenía de vuelta.
A Amanda le tocó pedirle con suavidad que dis