Sebastián no me soltó la mano.
Me la apretó con tanta fuerza que sentí cada uno de sus nudillos contra los míos, pero no dije nada. Era lo único que podía hacer en ese momento, quedarse quieto, conmigo pegada a su costado, mientras el sonido de la puerta del jardín se expandía por el silencio de la casa como una piedra cayendo en el agua.
Un paso. Luego otro.
Alguien caminaba por el jardín con la cadencia lenta de quien no tiene prisa. De quien lleva cinco años sin tenerla.
Sebastián me guió ha