El viernes amaneció nublado.
Me desperté con el mismo vacío en la cama, pero esta vez no sentí angustia. Sentí expectación. El sábado estaba a la vuelta de la esquina y, aunque no tenía ni idea de lo que me esperaba, algo dentro de mí había dejado de temer. Quizás era el cansancio acumulado de toda la semana. Quizás era que ya no me quedaban lágrimas que derramar.
Sebastián ya se había ido. Su lado del colchón estaba frío, como todas las mañanas de aquellos días. Pero sobre la almohada había un