Los conté.
No debería haberlos contado, pero lo hice, tres segundos exactos con la mano de Isabella Navarro posada sobre el brazo de Sebastián, no significaban nada, pero que yo no podía dejar de ver.
La reunión llevaba cuarenta minutos cuando entré al despacho, Sebastián me había dicho que terminaría a las seis, pero a las seis y cuarto seguía ahí, de pie frente a los paneles de vidrio que separaban su oficina del corredor, con la corbata aflojada y ese ceño levemente fruncido que usaba cuando