No dormí bien aquella noche.
Las revelaciones de Germán y Darío me persiguieron hasta la madrugada, dando vueltas en mi cabeza como una rueda que no se detenía. Dos hombres en los que Sebastián y Quiroga confiaban ciegamente. Dos traidores que habían estado a centímetros de nuestra familia, compartiendo nuestra mesa, vigilando nuestros pasos. Y Camila, siempre Camila, moviendo los hilos desde algún lugar que aún no habíamos encontrado.
Me levanté antes del amanecer. El lado de Sebastián estaba