Los hombres de Quiroga regresaron de la gasolinera con las manos vacías.
Sebastián y yo esperábamos en el salón, junto con Adrián y mi hermana. Habían dado las dos de la madrugada y nadie tenía sueño. La noticia de que Camila había usado su tarjeta nos había puesto a todos en alerta, y el silencio de las últimas horas solo había conseguido tensar más los nervios.
Quiroga entró por la puerta principal con el rostro sombrío. Su cicatriz de la ceja parecía más profunda bajo la luz de las lámparas.