Sebastián no me dijo el nombre hasta la mañana siguiente.
Pasó la noche en vela, encerrado en su despacho con Quiroga. Revisaron documentos, cotejaron fechas, movieron piezas sobre un tablero que solo ellos veían. Yo me quedé en la habitación, tumbada en la cama con los ojos abiertos, escuchando el tictac del reloj y el eco lejano de sus pasos sobre el mármol del pasillo.
No pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, las palabras de Krause volvían a mi cabeza. «Quiere verte sola». ¿Quién podía