Quiroga no se equivocaba.
Beatriz Roth y Gonzalo Ferrer llegaron al banco a las once de la noche, cuando la sucursal llevaba horas cerrada. Ferrer abrió la puerta con su llave de subdirector. Beatriz lo seguía de cerca, con la maleta pegada al pecho como si contuviera algo muy valioso. O muy peligroso.
—¿Qué puede haber en esa maleta? —pregunté, mientras Sebastián y yo escuchábamos el informe de Quiroga por teléfono.
—Documentos, probablemente —respondió el investigador—. Pero no son documentos