No dormí nada aquella noche. Otra vez.
Las cuarenta y ocho horas que Camila me había dado resonaban en mi cabeza como un tic-tac invisible. Un reloj que no podía apagar. Una bomba que no podía desactivar. Me giré en la cama por enésima vez, y Sebastián, a mi lado, encendió la lámpara de su mesilla.
—No puedes seguir así —dijo, con esa voz grave que solo usaba cuando estaba realmente preocupado—. Llevas dos noches sin dormir.
—No puedo evitarlo. Cada vez que cierro los ojos, veo la cara de Camil