El reloj de la mesita marcaba las tres de la madrugada cuando abrí los ojos.
No fue un ruido lo que me despertó. Fue una sensación. Una presión profunda, distinta a todas las que había sentido en las semanas anteriores. No era la presión lumbar de la preeclampsia, esa que me había acompañado como una sombra durante los últimos días. Era otra cosa. Algo que nacía en lo más profundo de mi vientre y se extendía como una onda lenta, imparable, como si mi cuerpo hubiera estado esperando este momento