El otoño llegaba con sus hojas amarillas y rojas, bañando la ciudad en un tono cálido que contrastaba con la rigidez del mundo del inframundo. Lila pasaba sus días entre la oficina de la familia Ravenna y los proyectos sociales que habían lanzado —hospitales, escuelas, centros de ayuda a familias pobres. Su rostro aparecía en los periódicos no como la esposa de un ex-Don, sino como una defensora de la justicia, un símbolo de cómo el poder podía ser redimido.
Nicolás le presentó un nuevo reto: “