El aire de la Toscana era diferente. No olía a cemento, ni a pólvora, ni a ese perfume sintético que me había perseguido durante meses. Olía a tierra húmeda, a uvas madurando bajo el sol italiano y a una paz que me resultaba casi dolorosa. Habían pasado tres meses desde la noche en el almacén, tres meses desde que vi a Valerius Volkov ser arrastrado hacia una oscuridad de la que, esta vez, no saldría.
Me encontraba en la terraza de una pequeña villa de piedra, observando a Lucía. Mi hermana cor