Seis meses después del incendio en Roma, el nombre de Valerius Volkov no era más que un susurro de advertencia en los bajos fondos. Pero el nombre de "La Viuda Verde" —bautizada así por aquel vestido esmeralda de la gala y mi implacable ascenso— se había convertido en una leyenda urbana que helaba la sangre de los hombres más poderosos de Europa.
Me encontraba en Ginebra, en una oficina acristalada que miraba hacia el lago. No había lencería de encaje bajo mi traje sastre; solo el peso de una r