El frasco de perfume de gardenias pesaba en mi mano como si estuviera hecho de plomo. El aroma, ese hedor a burdel y traición, parecía filtrarse a través del vidrio, impregnando mi piel y recordándome que, aunque Valerius estuviera físicamente lejos, su presencia era una infección que me seguía a todas partes.
—Es una distracción —dijo Iván, guardando su arma tras comprobar que el vestíbulo estaba despejado—. Valerius no está aquí. Un hombre que acaba de escapar de la custodia federal no pierde