La recepción con los inversores franceses se llevaba a cabo en el salón principal. La mansión brillaba bajo las luces de cristal, pero para mí, cada rincón se sentía como una trampa. Me había puesto un vestido de seda azul medianoche, elegante y cerrado, cumpliendo con la imagen de la "esposa perfecta" que Dante exigía.
Él estaba en el centro del salón, moviéndose con la gracia de un depredador entre los empresarios. Me mantenía a su lado, sintiendo su mano posesiva apoyada en la base de mi esp