El viento de la costa portuguesa era diferente al de Italia; no arrastraba el olor a dinero y asfalto, sino el perfume puro de la sal y los pinos. Dante bajó del coche alquilado a unos metros de la villa blanca y azul que había visto en la fotografía. Su corazón, ese músculo que había convertido en piedra durante los últimos doce meses, latía con una fuerza tan violenta que sentía que podría romperse en cualquier momento.
Ya no había guardaespaldas. No había trajes de seda. Vestía unos vaqueros