El coche de Dante derrapaba por las calles industriales de la periferia mientras el eco de los disparos aún zumbaba en los oídos de Alessia. Ella permanecía en el asiento del copiloto, con la respiración entrecortada y las muñecas enrojecidas por la presión de las cuerdas. El silencio entre ellos no era de paz, sino de una tensión eléctrica, como la que precede a un rayo.
—¿A dónde vamos? —preguntó Alessia, rompiendo el silencio. Su voz era un hilo de acero, recuperando la firmeza a pesar del t