La oficina de Arturo Valerón olía a roble viejo y a una decadencia que ningún dinero podía ocultar. Alessia entró sin llamar, sus tacones resonando contra el mármol como disparos de advertencia. Su padre no levantó la vista del tablero de ajedrez que presidía su escritorio; estaba solo, jugando contra sí mismo, una metáfora perfecta de su vida.
—Te dije que no volvieras si no era para devolverme mis acciones, Alessia —dijo Arturo, su voz era un siseo cargado de veneno.
—He venido a devolverte a