El beso terminó tan abruptamente como había empezado. Dante se apartó como si mi boca lo hubiera quemado, con la respiración errática y los labios todavía húmedos. Me miró con una mezcla de horror y furia, como si me culpara a mí por haberle hecho romper el altar de silencio que le había construido a su difunta esposa.
Sin decir una palabra, se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad del pasillo, dejándome temblando contra la pared, con el sabor de su desesperación aún quemándome la lengua.