El sol brillaba sobre la sede de la Fundación Clara, donde la actividad se desarrollaba con ritmo constante. Habían pasado quince años desde que rompí la maldición de los Castellanos, y la organización había crecido hasta convertirse en un pilar de apoyo para víctimas de tráfico, secuestro y corrupción en toda América Latina. Mi hija Clara, ahora una joven adulta de diecinueve años, lideraba el programa de ayuda a niños secuestrados, mientras Martín coordinaba las operaciones internacionales. M