El sol se alzó sobre la sede mundial de la Fundación Clara, sus rayos bañando las paredes de vidrio que reflejaban un mundo en transformación. Habían pasado veinticinco años desde que rompí la maldición de los Castellanos, desde que reuní a mi padre Carlos y desde que empecé a construir un futuro basado en la verdad y la esperanza. La fundación había crecido hasta alcanzar más de cincuenta países, ayudando a millones de víctimas de tráfico de armas, secuestro, corrupción y violencia. Nuestros p