El sol brillaba sobre la ciudad capital, iluminando las calles llenas de vida, mientras yo caminaba hacia la oficina de nuestra organización —Fundación Clara, nombrada en honor a mi madre biológica. Habían pasado diez años desde que revelara la verdad sobre los Castellanos, desde que reuniera a mi padre Carlos y desde que rompiera la maldición que había acechado a mi familia durante generaciones. La fundación había crecido hasta convertirse en un referente nacional, ayudando a miles de víctimas