Dante Soler vivía ahora en un estado de paranoia perpetua. Su mansión, antes un símbolo de estatus, se había convertido en un laberinto de cámaras de seguridad y alarmas que gritaban ante el paso de una hoja. Había pasado un mes desde el "accidente" y la fiscalía finalmente había dictado una orden de arresto domiciliario mientras se investigaban los delitos financieros.
Pero a Dante no le importaba la cárcel. Lo que lo estaba consumiendo era el Número 11.
—¡No es posible! —gritaba Dante a su ab