La oficina de Alaric Abrojo no estaba en un rascacielos de cristal, sino en el ático de un antiguo edificio industrial remodelado. El aire olía a cuero viejo, tabaco de alta gama y peligro. No había secretarias sonrientes, solo hombres de hombros anchos y miradas de acero que custodiaban el santuario del "Rey de las Sombras".
Dante Del Real llevaba dos horas esperando. Su traje italiano, que ayer lucía impecable, estaba arrugado, y el sudor frío le perlaba la frente. Había pasado la madrugada l