La cena no fue en un restaurante lujoso donde los paparazzi pudieran acechar. Alaric citó a Aura en su refugio personal: un jardín de invierno acristalado en lo alto de una colina, rodeado de pinos negros y cubierto por una cúpula de vidrio que permitía ver las estrellas.
Aura llegó vistiendo un traje de seda negro, minimalista pero letal. Alaric la esperaba junto a una mesa pequeña, donde solo había una botella de vino tinto y un par de carpetas de cuero.
—Te ves... menos tensa —observó Alaric