Pasaron tres días desde la gala y la tensión en la mansión era una cuerda a punto de romperse. Dante se había vuelto una sombra aún más errática; aparecía en los pasillos solo para lanzarme miradas gélidas, como si buscara en mi rostro algún rastro de traición.
Pero yo ya no era la mujer sumisa que aceptó su desprecio en la noche de bodas.
Esa mañana, aprovechando que Dante se había marchado temprano a la oficina, decidí que Estambul no sería mi cárcel. Llamé a Elias. Necesitaba aire, necesitab